El sol de la mañana acariciaba suavemente las hojas del viejo olivo en el corazón del monasterio de Shantideva.
La hermana Anya, con sus manos curtidas por años de trabajo y sus ojos llenos de una paz serena, regaba las pequeñas plántulas que brotaban con esfuerzo de la tierra.
Un joven monje, recién llegado y aún inquieto, se acercó tímidamente. «Hermana Anya,….» comenzó a decir con su voz cargada de una frustración apenas contenida, «No entiendo…. llevo días intentando meditar en Metta, en este amor bondadoso que debemos irradiar. Pero siento… nada. O peor aún, siento rencor hacia aquel mercader que ayer gritó improperios a los ancianos en el mercado.»
Anya dejó caer suavemente el agua y se giró hacia él, con una leve sonrisa curvando sus labios. «Joven Bhodi,…» dijo con una voz tan tranquila, como el susurro del viento entre las ramas, «Metta no es un sentimiento que se fuerza, como una flor que se obliga a abrir. Es una semilla que se planta y se nutre con paciencia y atención.»
Se sentó junto a las plántulas, invitando a Bhodi a hacer lo mismo. «Mira estas pequeñas,» continuó, señalando los brotes verdes. «No les exigimos que crezcan rápidamente. Les ofrecemos agua, luz y un suelo fértil. Con el tiempo, y si las condiciones son adecuadas, florecerán.»
«Así es Metta en nuestro corazón. A menudo, la tierra está llena de maleza: viejos rencores, resentimientos, juicios. Antes de que la semilla del amor bondadoso pueda echar raíces, debemos limpiar el terreno.»
Bhodi frunció el ceño. «¿Limpiar cómo, hermana?»
Anya tomó una pequeña piedra del suelo y la sostuvo en su palma. «Empieza por ti mismo, Bhodi. ¿Sientes amor bondadoso hacia este joven monje que lucha con sus propias emociones? ¿Le deseas sinceramente felicidad y libertad del sufrimiento?»
Bhodi bajó la mirada, sorprendido. Nunca lo había considerado de esa manera. Siempre había enfocado Metta hacia los demás, hacia un ideal abstracto de bondad universal, olvidándose del ser humano imperfecto que era.
Anya continuó suavemente: «Si la semilla de Metta no florece dentro de nosotros, ¿cómo podemos esperar ofrecerla a los demás? Empieza por desearte a ti mismo bienestar. Reconoce tu esfuerzo, tu buena intención de cultivar este amor. Sé paciente con tu propia dificultad.»
Tomó otra piedra, más pequeña, y la colocó junto a la primera. «Luego, extiende ese deseo a aquellos que te son cercanos, a quienes amas y te aman. Visualízalos felices, libres de dolor. Siente en tu corazón ese anhelo sincero.»
Después, señaló una humilde margarita que crecía cerca. «Incluso hacia aquellos que te son indiferentes, como esta flor silvestre. No te ha hecho daño, ni te ha ofrecido un gran beneficio. Simplemente existe. Deséale, en su existencia, bienestar y paz.»
Finalmente, su mirada se dirigió hacia el camino que conducía al mercado, donde el recuerdo del mercader aún crispaba el rostro de Bhodi. «Y sí, Bhodi,….. incluso hacia aquellos que te han causado dolor. No se trata de aprobar sus acciones, sino de desear que, en última instancia, estén libres del sufrimiento que les lleva a actuar de esa manera. Imagina el dolor que debe albergar un corazón para derramar palabras tan ásperas.»
Anya devolvió las piedras a la tierra. «Metta es una práctica gradual, como el crecimiento de estas plántulas. Requiere paciencia, constancia y una intención sincera de que todos los seres, incluyéndote a ti mismo, florezcan en la felicidad y la libertad del sufrimiento. No te desanimes por la falta de resultados inmediatos. Sigue regando la semilla con tu atención y tu buena voluntad. Con el tiempo, el amor bondadoso se convertirá en la flor más hermosa de tu corazón.»
Bhodi miró las pequeñas plántulas, luego a Anya, y por primera vez sintió un ligero atisbo de comprensión. No era una emoción forzada, sino una suave intención, un deseo silencioso de bienestar que podía extenderse, como las raíces invisibles bajo la tierra, a todos los seres, comenzando por él mismo.
El sol seguía acariciando las hojas, y en el silencio del monasterio, la semilla de Metta comenzaba a despertar.
